La belleza sin agua corriente

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Alexandra Rada,  El mundo de la belleza y la higiene personal sufrió una cambio radical con el nacimiento del cuarto de baño, un lujo solo accesible para clases pudientes, y cuyo origen coincide con los inicios de la cosmética, según desvela la muestra “Toilette. La higiene a finales del siglo XIX”.

“Era posible ir guapo y limpio sin tener agua corriente”, ha defendido hoy en declaraciones a Efe la historiadora Cecilia Casas, comisaria de la muestra, que se inaugura hoy en el Museo Cerralbo de Madrid y que permanecerá abierta hasta el próximo 12 de enero.

En apenas dos minúsculas salas, se distribuyen los elementos indispensables para un tocador femenino y masculino de finales de siglo, los productos de cosmética de ambos y una recreación de uno de los primeros baños de la época con agua corriente.

El objetivo de la exposición es recrear los espacios de aseo de finales del siglo XIX y principios del XX, pero también “hacer un ejercicio de ‘microhistoria’ y trasmitir qué era la higiene y la belleza para las personas de esta época”, argumenta Casas.

Un “retrete portátil” que cuando se tapa parece un taburete -aunque también había divanes y hasta sillones con brazos-; un tocador para mujer que servía a la vez como costurero y escritorio, o uno de los primeros bidés y una bañeras de asiento hecha en metal, forman parte de la muestra.

“Hombres y mujeres se bañaban de cuerpo entero una vez a la semana, mientras que el pelo se solía lavar con huevo, agua y bicarbonato o vinagre y cada 15 días, ya que se tenía la creencia de que era malo para el cuero cabelludo”, detalla la historiadora.

Las clases pudientes tenían espacios en casa destinados al aseo, mientras que los que vivían en corralas o edificios más humildes “compartían letrinas y acudían a las casas de baño”, subraya la historiadora, quien recuerda que todavía quedan dos de ella en funcionamiento en Madrid.

En esta época, nacen los salones de belleza y peluquería, se democratiza el concepto de moda y estilo, y ven la luz las primeras firmas de cosmética, indica la historiadora. Es el caso de Latoja, Gal o Jacobe Delafon -todavía en activo-, o ‘Sudoral’, uno de los primero desodorantes de la historia.

Entre los productos que no podían faltar en el aparador femenino, se encuentran los polvos de arroz como maquillaje o el colorete de carmín, así como cremas de aceite vegetal y cera de abeja; en el caso de los hombres el producto estrella era el jabón de afeitar en polvo, que se “emulsionaba con agua”, explica.

Ambos utilizaban para el pelo “aceite de macasar”, un producto “que ahora se vuelve a comercializar”, que se asemeja a la gomina de ahora y que servía para protegerlo “del uso de tenacillas” y además mantenía el cabello peinado entre “lavado y lavado”.

“En el uso de este producto se encuentra el origen del uso de los tapetes de ganchillo en el lomo de los sofás, ya que era un producto que manchaba los asientos al apoyar la cabeza”, informa Casas, y es que una habitación a primera vista tan insulsa como el aseo puede arrojar “mucha información” sobre la historia.

La exposición “Toilette. La higiene a finales del siglo XIX” se enmarca dentro de “Miradas”, una serie de exposiciones de formato reducido del Museo Cerralbo que tienen como objetivo difundir los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en el museo, Alexandra Rada.

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