HÁBITOS ALIMENTARIOS, ¿UNA CUESTIÓN DE EDAD?

Expertos explican hasta qué punto las costumbres alimentarias varían dependiendo del momento de la vida en el que se encuentre la persona y de los problemas de salud a los que se enfrente.

Alexandra Rada

Alexandra Rada

“Desde el momento que apareció la epidemia  la obesidad  se empezó a hablar de los hábitos alimenticios como la forma de combatir esta enfermedad”, explica el profesor de endocrinología Shokey Awadalla, para quien “hábitos alimentarios es la forma o manera de alimentarse, y estos pueden ser saludables o no, generando una repercusión positiva o negativa sobre la salud.

De este modo, es importante concienciarse que las costumbres a la hora de alimentarse deben variar en función de la edad necesariamente, como indica  Jorge Alejandro Castillo, doctor en endocrinología de la Universidad Nacional. Tanto es así que, a medida que los años van pasando, “aparecen condiciones patológicas ligadas a la edad que obligan a la generación de estos cambios. Una de los eventos menos estudiados es la perdida de la masa muscular con la edad (conocido como sarcopenia), por lo que se está empezando a recomendar una dieta más rica en proteína para proteger a esta población vulnerable. Si aparece la diabetes o aumento del azúcar en la sangre, que es una enfermedad de mayor incidencia en la población anciana, el paciente está obligado a dejar por completo los carbohidratos refinados (como el azúcar), las harinas y aumentar el consumo de frutas y verduras.”, recomienda.

Para el profesor Awadalla, lo que debe variar a medida que se avanza en edad es el aporte calórico, ya que la actividad física también disminuye. “Un niño deportista requiere una alimentación determinada, en este caso, que compense el esfuerzo físico que realiza (más proteínas y carbohidratos). Lo mismo ocurre si hay alguna enfermedad que impide el consumo de algunos alimentos, como alergias a algunos componentes”, indica. Pero, en general, los hábitos que se deberían adoptar, al margen de la edad son “primero tener un  horario fijo para comer, incluir frutas o verduras en cada comida, evitar las bebidas azucaradas, y controlar que, en la medida de lo posible, el contenido de carbohidratos, proteínas y grasas sea de origen vegetal “, asegura.

Ambos médicos coinciden en que tener costumbres alimentarias saludables mejora las condiciones de vida durante la infancia, adolescencia y en la vida adulta. “Es generar una mejor y mayor calidad de vida; un habito alimenticio sano debe tener como objetivo disminuir el riesgo de padecer una enfermedad, o de desencadenar la muerte”, argumenta el doctor Castillo.

Sin embargo, los hábitos alimentarios no son extrapolables a toda la población, o lo que es lo mismo, no tienen la misma incidencia positiva en todo el mundo. En muchos casos, es una cuestión que debe ser tomada de forma individual.  “Hay costumbres a la hora de alimentarse bien establecidos, pero que solo pueden aplicarse a cierta población. Por ejemplo, el consumo bajo de sal impacta positivamente a la población de hipertensos, pero no tiene ningún beneficio en los pacientes que no lo son. En general, un habito alimentario sano es aquel que logre mantener a una persona con  un índice de masa corporal (IMC) menor de 25, que mantenga las cifras de colesterol malo en rangos de normalidad y que mantenga una glicemia por debajo de 100 mg/dl. Cuando estos parámetros empiezan a cambiar es cuando el médico debe estudiar individualmente cuales de los hábitos actuales pudiera impactar de manera negativa, para recomendar nuevos”, asegura Castillo.

Tener hábitos  de alimentación es, incluso, una cuestión de género. Como indica Castillo, “hay enfermedades que tiene un comportamiento diferente según el sexo. La osteoporosis, por ejemplo, aparece casi una década antes en la mujer que en el hombre. Esto hace que la mujer necesite generar hábitos para lograr un balance adecuado de calcio”.

Hábitos alimentarios comunes a todas las edades:

•    Cinco porciones de frutas y verduras cada jornada

•    Disminuir lo máximo los azucares simples: azúcar de mesa, panela, miel, bebidas endulzadas como las colas y los jugos endulzados

•    Consumir la fruta en su forma natural no en jugos, ya que se perdería la fibra de la fruta, y en forma de jugo hay mayor probabilidad de consumir más calorías provenientes de la fructosa.

•    Disminuir las grasas saturadas, que se encuentran básicamente en los lácteos (por eso preferir la leche descremada, ya que la deslactosada no es dietética, solo mejora la tolerabilidad).

•    Disminuir las grasas trans que se forman cuando se fritan los acetites.

•    Evitar las margarinas.

•    Aumentar las grasas monoinsaturadas como el aceite de oliva, y las grasas poliinsaturadas ricas en pescados de agua fría (salmón, anchoveta…).

•    Consumir proteína, preferiblemente de alto valor biológico, alrededor de 1 gramo por cada kilogramo de peso).

•    A la hora de comer, usar platos pequeños.

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